El Checo

Cantina de pescadores y poetas, no por nada el Checo fue uno de los favoritos de Roberto y Nicanor Parra.

Luis Campusano, José Ángel Rojas y Marcos Rojas, todos pescadores de la misma embarcación, se sientan en la mesa que está informalmente reservada como suya al fondo del bar El Checo, hace tantos años ya que es imposible hacer memoria. En el muro de atrás de la mesa los acompaña una foto de Juan Manuel Jaque, quien falleció hace unas semanas y se sentaba justo en ese sitio. Todavía en la pizarra y los muros de El Checo hay recuentos de los eventos a beneficio que se hicieron en el local para ayudarlo con los gastos de su enfermedad. Y es que El Checo es el alma del puerto de San Antonio. Un lugar de alegría y compasión, que junto a las cañas de vino y un caliente plato de perol hacen olvidar por unas horas la dura vida del pescador, que siempre lucha contracorriente mientras arriesga su vida desde la madrugada. Por eso, a pesar de la desdicha, en El Checo todo es alegría.

Al llegar a calle Balmaceda #223, una pequeña entrada abre paso a una barra con tele donde los más amigos se juntan a ver los partidos y a conversar de cuando en cuando con el mismísimo Alfredo Díaz, propietario del bar y cuyo apodo de “el Checo” le da su nombre. O con su hija Ivonne, que atiende el local todos los días y siempre invita con amabilidad a disfrutar de una cazuela. Pero los que conocen bien el lugar saben que tras una puertecita bajo nivel se esconde un enorme patio interior con coloridos murales de los poetas que han dado un soplido de su alma a este lugar, y sátiras políticas de un puerto que carga una nefasta historia. Si los acompaña la suerte, estarán tocando música o celebrando alguna peña, al igual que en los tiempos de los Parra, uniendo a los extraños de mesas vecinas en borrosos cantos, abrazos de hermanos y una que otra lágrima. Todo coronado con una bandera de Chile que flamea en el único pedacito de cielo que queda al descubierto solo desde ese pasillo, que deja ver a las gaviotas revoloteando, recordándonos que estamos a pasos del puerto número uno de Chile.

El Checo es el alma del puerto de San Antonio. Un lugar de alegría y compasión que junto a las cañas de vino y un caliente plato de perol
hacen olvidar por unas horas la dura vida del pescador, que siempre lucha contracorriente mientras arriesga su vida desde la madrugada. Por eso, a pesar de la desdicha, en El Checo todo es alegría.

Esta pequeña cantina de pescadores borrachos en el centro de San Antonio es el secreto mejor guardado de los poetas que han hecho famoso este país, y que han bautizado a las playas de esta provincia como el litoral de los poetas. Algunos más y otros menos, pero todos se distrajeron alguna vez donde el “Checo”, aunque sin duda, el más repetido fue el folclorista Roberto Parra, compositor de las décimas de La negra Ester, que refleja fielmente la bohemia del puerto, y quien acuñó por primera vez el término “cueca chora”, una cueca urbana que canta el sentir del roto chileno, su desdicha y sus pillerías en prostíbulos y cantinas.

Roberto Parra era tan habitual del Checo que hubo una época en que iba todos los días. Como los mañosos habituales de ese lugar, también tenía su propia mesa, que aún recuerdan con un mural del folclorista detrás de ella. A diferencia de los demás parroquianos, Parra solía llegar solo y sentarse solo toda la tarde. “Mañoso y malhumorado”, recuerda Marcos Rojas, un caballero que sigue viniendo al Checo desde los tiempos de Parra, y acota que su hermano Nicanor era mucho más sociable y siempre gustaba de una buena conversación con quien quisiera acompañarlo mientras se restauraba en El Checo.

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