Don Rodrigo

Ubicado en las faldas del Cerro Santa Lucía, para muchos el Don Rodrigo es el mejor bar de todo el país.

Atravesar las puertas del bar Don Rodrigo es, sin duda, una experiencia irrepetible. Para algunos significa un viaje en el tiempo a un pasado más elegante de la bohemia capitalina, mientras que otros sienten que están entrando a uno de esos clásicos clubes ingleses en los que es difícil separar la noche del día. Lo cierto es que este acogedor espacio en las faldas del Cerro Santa Lucía, casi en la esquina de Merced con Victoria Subercaseaux, es considerado por muchos como ni más ni menos que el mejor bar de todo el país.

Fundado en 1988 por el dibujante Guido Vallejos Pacheco, autor de la mítica revista Barrabases, el Don Rodrigo siempre estuvo ligado al mundo de las historietas y tiras cómicas. No por nada debe su nombre a uno de los personajes más célebres de Pobre Diablo, revista creada por el mismísimo René Ríos Boettiger, “Pepo”, en 1946 y en la que aparecía una picaresca estatua poseída que se llamaba “Don Rodrigo”. Aún hoy es posible encontrar por las paredes del bar algunas portadas con “Pirulete” o “Palmatoria” de Barrabases e incluso, según cuentan los clientes más antiguos, el propio Guido Vallejos estaría representado en el logo del bar. En este se ve un elegante parroquiano de traje, con monóculo, copa y cigarro. Hoy en día en el Don Rodrigo ya no se permite fumar, no obstante, la elegancia no se pierde, por lo mismo, es quizá la mejor opción para quienes quieran disfrutar de una buena conversación y la tranquilidad de un buen trago.

Es probable que el aspecto más reseñable del bar sea el coqueto piano de pared, que le otorga un estilo y atmósfera más propios de una película de los años treinta que de la urbe ultra comercializada que lo rodea, y que lo convierten en uno de los últimos vestigios en el país de los otrora populares piano-bar.

Don Santiago Pinilla ha estado a cargo de la barra por más de quince años, por lo que su opinión es casi un mandamiento para decidir qué elegir de la amplia carta de tragos del bar. Su recomendación es una refrescante copa de sangría o un sofisticado Martini seco. Aunque para los clientes de siempre la hábil coctelera de don Santiago tiene sorpresas y las preparaciones pueden ir mucho más allá de los límites de la carta. En este sentido, no se puede dejar pasar la opción de atreverse y pedir una copa de pichuncho, que aquí lo preparan ligeramente frío, con una mezcla de pisco y Martini rosso. Es probable que el aspecto más reseñable del bar sea el coqueto piano de pared, que le otorga un estilo y atmósfera más propios de una película de los años treinta que de la urbe ultra comercializada que lo rodea, y que lo convierten en uno de los últimos vestigios en el país de los otrora populares pianobar.

Desde 1993 y durante más de veinte años las teclas estuvieron a cargo de Hernán Lavandero, hombre de mil aventuras y quien durante su vida supo ser modelo, físico culturista, mecánico y, por último, pianista autodidacta. Sin embargo, en los últimos años han llegado otros pianistas que han sabido respetar el legado de tangos y boleros de don Hernán.

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